jueves, 30 de agosto de 2012

Ellos También lo Hicieron




Hoy me ocuparé brevemente de uno de los más grandes filósofos y pensadores que ha conocido la Humanidad: San Agustín, el africano de Tagaste (hoy Argelia). Muchas circunstancias de la revolución me han hecho pensar en su libro autobiográfico “Confesiones”, y no me refiero sólo a lo que sería obvio: su famosa lucha contra la concupiscencia que no es sólo relacionada con el placer carnal sino con la excesiva inclinación por los bienes materiales y la acumulación de riqueza, sino a otros aspectos de su visión del mundo y la moral. Para Venezuela la concupiscencia de los líderes revolucionarios ya es proverbial.


Antes de hacerse cristiano católico tardíamente, en sus treintas, San Agustín consideró durante algunos años adherirse a la religión del persa Manes (Mani), el maniqueísmo, de raíces zoroástricas, y participó en numerosas reuniones con sus seguidores. Sabemos que esta religión veía al mundo como un enfrentamiento entre dos principios fundamentales: el Bien y el Mal, como una escisión entre lo bueno y lo malo. Y esta es la visión del Universo que tiene toda revolución política, como la bolivariana. Ella representa lo bueno, mientras que todo lo anterior y lo distinto a esta, lo malo. Es claro que no lo satisfizo el maniqueísmo en su búsqueda y abrazó el catolicismo en el que ascendió a las más altas jerarquías llegando a ser Obispo de Hiponia. Hoy sabemos que el Bien y el Mal son dos aspectos entrelazados de una sola realidad.
Cuando a un revolucionario de cualquier nivel se le señalan hechos notorios e indefendibles como la corrupción, la represión, la persecución, los atentados contra la libertad de expresión e -incluso- la tortura y los asesinatos, la respuesta casi invariable es “ellos también lo hicieron, ellos también mataron, ellos también robaron, ellos también torturaron, ellos también...”. Jamás escuchamos “no lo hacemos, no robamos, no matamos, no perseguimos, no censuramos, no torturamos”, sino que en el colmo de la impudicia y la sinvergüenzura, se refugian en la comisión de las transgresiones por parte de sus predecesores como justificación a sus desmanes. La verdad, entendería el uso de esta “defensa” (que no es tal pues constituye confesión) hasta hace 1.600 años, cuando San Agustín reflexionó sobre el tema. Su opinión la resumiré en su frase “el pecado de otro no justifica mi pecado”. Y si no lo hubiera dicho él, creo que es de elemental sentido ético-moral. El uso de este alegato es -sencillamente- abyecto y escandaloso.

Por favor hermano, no digas “ellos también lo hicieron”, ¿no es mejor para todos, en especial para ti, que simplemente no lo hagas?

Twitter: @LeoSilvaBe

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